cómo colocar a almudena grandes en su sitio con un artículo de opinión y dos breves cartas al director
27 | 11 | 2008

roar
Siempre he culpado a la escritora española Almudena Grandes de animarme con su obra a intentar escribir una novela. Mi razonamiento no puede ser más simple: si una imbécil como ella puede escribir y hasta publicar novelas, aunque sean malas y aburridas y moralizantes y sectarias y muchas otras cosas malas, cualquiera que tenga un ordenador y un procesador de textos que corrija automáticamente las faltas de ortografía puede hacerlo.
Estoy disfrutando como un enano el modo en que el escritor español Antonio Muñoz Molina (Plenilunio es una novela que tengo muy presente cuando trabajo en la mía) la ha puesto en su sitio y demostrado lo imbécil que es la esposa del poeta García Montero. Todo empezó el pasado lunes con un artículo de opinión publicado en el diario El País (por cierto, los colaboradores hace muchos años que no están a la altura del periódico) llamado México, sobre la memoria histórica, que comenzaba con este párrafo (la cursiva la he añadido yo):
Un tribunal ha constatado la muerte de Franco. Qué risa, dicen algunos. Yo prefiero reírme de otras cosas. “Déjate mandar. Déjate sujetar y despreciar. Y serás perfecta”. Parece un contrato sadomasoquista, pero es un consejo de la madre Maravillas. ¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y -¡mmm!- sudorosos? En 1974, al morir en su cama, recordaría con placer inefable aquel intenso desprecio, fuente de la suprema perfección. Que la desbeatifiquen, por favor. A cambio, pueden beatificar a Bono, porque la pequeña vanidad de su implante capilar es pecado venial frente a tamaña perversión.
Hacer chistes con la violación de mujeres es cualquier cosa menos divertido, o al menos eso creía yo, porque a Grandes deben de parecerles geniales, pa mearse pata abajo, si comienza su artículo con él. Yo me pregunto si algún responsable del periódico debería haber llamado la atención a la juntaletras por esa pregunta retórica de tan mal gusto.
Un día más tarde, Antonio Muñoz Molina publicó otra columna de opinión con el título ¿Chistes viejos? que deja a esta señora en su sitio en tan solo tres párrafos que transcribo íntegramente (las cursivas vuelven a ser de mi cosecha):
En su artículo del 24 de noviembre, Almudena Grandes hace lo que tal vez intente ser una broma acerca de una monja en el Madrid del comienzo de la Guerra Civil: “¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una pandilla de milicianos jóvenes, armados y -¡mmm!- sudorosos?”. ¿Estamos ante la repetición del viejo y querido chiste español sobre el disfrute de las monjas violadas? No hace falta imaginar lo que sintieron, en los meses atroces del principio de la guerra, millares de personas al caer en manos de pandillas de milicianos, armados y casi siempre jóvenes, aunque tal vez no siempre sudorosos.
Basta consultar a historiadores fuera de toda sospecha o -ya que nos preocupa tanto la recuperación de la memoria- recuperar el testimonio de republicanos y socialistas sin tacha que vieron con horror los crímenes que se estaban cometiendo en Madrid al amparo del colapso de la legalidad provocado por el levantamiento militar.
Ni a Manuel Azaña, ni a Indalecio Prieto, ni a Arturo Barea, ni a Julián Zugazagoitia les costó nada imaginar la tragedia de tantas personas asesinadas por esas pandillas no siempre incontroladas que preferían mostrar su coraje sembrando el terror en Madrid en vez de combatiendo al enemigo en la sierra. Casi todos ellos hicieron lo poco que podían por salvar a inocentes: a Juan Negrín no le fue nada fácil evitar que asesinaran a su propio hermano fraile. Y todos ellos sabían el daño que esos crímenes estaban haciendo internacionalmente a la justa causa de un régimen legítimo asaltado por una sublevación sanguinaria e inicua. Almudena Grandes habla de exiliarse a México: cuando leemos artículos como el suyo y como tantos otros que por un lado o por otro parecen empeñados en revivir las peores intransigencias de otros tiempos, algunas personas nos sentimos cada vez más extrañas en nuestro propio país.
Almudena, cuyo talento es inversamente proporcional a su gran bocaza, le contestó, pelín enfadada, en una carta al director publicada ayer, intentando justificar lo injustificable:
En su furioso ataque a mi columna del lunes pasado, publicado ayer en esta sección, Antonio Muñoz Molina omitió el consejo de la madre Maravillas a sus hijas espirituales -”Déjate mandar. Déjate sujetar y despreciar. Y serás perfecta”- con el que, en mi opinión, era ella la que se ponía a la altura de los viejos chistes sobre la condición femenina en general y sobre las monjas, en particular.
Si no supe expresarlo con la suficiente claridad, lo siento. Si, como sospecho, Antonio Muñoz Molina ha aprovechado la ocasión para construir un discurso demagógico sobre la violencia y la memoria histórica, todavía lo siento mucho más.
Yo casi estaría dispuesto a creerme que no se expresó con la suficiente claridad porque he leído más novelas suyas de las que desearía y conozco su estilo, pero le pierde su extremismo. El señor Muñoz Molina, hoy, ha rematado con otra carta al director en el mismo diario la desafortunada frase de esta mujer:
Un lector me hace llegar amablemente una información que yo desconocía, y que me parece adecuado compartir con Almudena Grandes: la frase “Déjate enseñar, déjate mandar, déjate sujetar y despreciar y serás perfecta” no es de la madre Maravillas, ni se dirige a sus monjas. Es uno de los Avisos Espirituales de san Juan de la Cruz, y su destinatario, en femenino, es el alma.
Además de imbécil y muy mala escritora, Almudena Grandes es una indocumentada.
Lo único divertido de todo es que es una pequeña polémica completamente innecesaria y fácilmente evitable si no hubiese incluido el dudoso chiste sobre monjas violadas a las que les gusta ser violadas.
