wailing stumps

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A la vista de rock junction, Arizona, el 22 de agosto de 1967 a mediodía, Willy Bersinger dejó que la bota de minero descansara tranquila en el acelerador del carricoche y le habló con calma a su compañero, Samuel Fitts.

—Sí, Samuel, es una ciudad que impresiona de veras. Después de un par de meses en la Horrible Mina del Centavo, una máquina tragamonedas me parece una ventana con vidrios de colores. Necesitamos la ciudad; sin ella podríamos despertarnos una mañana descubriendo que sólo somos carne en conserva y materia petrificada. Y además, claro, la ciudad nos necesita también a nosotros.

—¿Cómo es eso? —preguntó Samuel Fitts.

—Llevamos allí cosas que la ciudad no tiene: montañas, caletas, noches desérticas, estrellas, cosas así…

Y era cierto, pensó Willy, que iba al volante. Llévese a un hombre a tierras extrañas y habrá en él manantiales de silencio. Silencio de artemisa, o de puma que ronronea como colmena caliente al mediodía. Silencio de los bajíos del río, allá en el fondo de los cañones. El hombre toma todo eso, y luego se lo da la ciudad, cuando abre la boca respirando.

—Ah, cómo me gusta treparme al sillón de la vieja peluquería —reconoció Willy—, y ver a todos esos ciudadanos en hilera presididos por calendarios con señoras desnudas, que me miran mientras mascullo mi filosofía de rocas y espejismos y ese Tiempo que se instala allá en las colinas esperando a que el hombre se vaya. Respiro y esa soledad se asienta como un polvo fino sobre los parroquianos. Ah, es hermoso, yo hablando suavemente, con soltura, de esto y lo otro y lo de más allá…

Imaginó los ojos de los parroquianos, que chispeaban. Algún día saldrían gritando a las colinas, dejando atrás la familia y la civilización de los relojes.

—Es bueno sentirse necesario —dijo Willy—. Tú y yo, Samuel, somos necesidades fundamentales para esas gentes de la ciudad. ¡Vía libre, Rock Junction!

Y con un silbido débil y trémulo cruzaron a todo vapor los límites de la ciudad entrando en la perplejidad y la maravilla.

Habían andado quizá ciento cincuenta metros por la ciudad cuando Willy apretó el freno. Una lluvia de escamas de herrumbre se deslizó desde los paragolpes del carricoche. El coche se quedó como acurrucado en el camino.

—Hay algo que anda mal —dijo Willy. Entornó los ojos de lince mirando a uno y otro lado. La enorme nariz husmeó—. ¿No lo sientes? ¿No lo hueles?

—Claro —dijo Samuel, incómodo—, ¿pero qué es?

Willy frunció el ceño. —¿Has visto alguna vez una cigarrería azul celeste?

—Nunca.

—Allí hay una. ¿Has visto alguna vez una casilla de perro rosada, un cobertizo color naranja, una fuente de color lila para que se bañen los pájaros? ¡Allí, allá y más allá!

Los dos hombres se habían incorporado poco a poco y estaban ahora de pie en las tablas crujientes.

—Samuel —murmuró Willy—, ¡todas las instalaciones del tiro al blanco, todos los faroles, todas las balaustradas, todos los firuletes, cercas, bocas de incendio, camiones de basura, absolutamente toda la ciudad, mira! ¡Ha sido pintada hace una hora!

—¡No! —dijo Samuel Fitts.

Pero allí estaba la glorieta de la banda de música, la iglesia baptista, el cuartel de bomberos, el asilo de huérfanos, el depósito del ferrocarril, la cárcel pública, el hospital de gatos y todas las casas, invernaderos, miradores, todos los letreros de los negocios, los buzones, los postes de teléfono y las latas de basura, absolutamente todos, deslumbrantes de amarillo maíz, verde manzana acida, rojos circenses. Desde el tanque de agua hasta el tabernáculo, parecía como si Dios hubiera armado un rompecabezas y lo hubiese coloreado y puesto a secar hacía un momento. No sólo eso, pues donde había malezas crecían ahora coles, cebollas y lechugas que atestaban todos los huertos, multitudes de curiosos girasoles cronometraban el cielo de mediodía y los pensamientos crecían debajo de innumerables árboles, descansando a la sombra como perritos del verano, y mirando con grandes ojos húmedos los prados de color verde menta, como en los carteles de turismo irlandés. Coronándolo todo, diez chicos, las caras restregadas, el pelo lustroso de brillantina, camisas, pantalones y zapatillas de tenis limpias como puñados de nieve, pasaban corriendo.

—La ciudad —dijo Willy, observándolos correr—, se ha vuelto loca. Misterio. Misterio en todas partes. Samuel, ¿qué clase de tirano ha subido al poder? ¿Qué ley se ha votado que tienen limpios a los chicos, y hace que la gente pinte cada palillo de dientes, cada tiesto de geranios? ¿Sientes el olor? ¡Han empapelado de nuevo todas las casas! Algún castigo horrible ha caído sobre estas gentes y las ha puesto a prueba. La naturaleza humana no alcanza esta cima de perfección en el espacio de una noche. Apuesto todo el oro que he juntado en el último mes a que esos desvanes, esos sótanos están de punta en blanco. Te apuesto a que Algo ha pasado realmente en esta ciudad.

—Pero si casi puedo oír a los querubines cantando en el Jardín —protestó Samuel—. ¿Cómo te imaginas un Castigo? Aquí tienes mi mano, estréchala. ¡Acepto la apuesta y me quedo con tu dinero!

El carricoche dobló a otra calle en medio de un viento que olía a trementina y blanco de cal. Samuel echó fuera del coche el papel de la goma de mascar, bufando. Lo que ocurrió en seguida lo sorprendió. Un viejo con traje de mecánico nuevo, zapatos como espejos relucientes, corrió a la calle, recogió el papel, y sacudió el puño tras el carricoche que seguía viaje.

—Castigo… —Samuel Fitts miró hacia atrás, y la voz se le apagó.— Bueno… la apuesta sigue en pie.

Abrieron la puerta de una peluquería atestada de parroquianos con el pelo ya cortado y aceitado, las caras rosadas y afeitadas, que sin embargo estaban esperando para instalarse de nuevo en los sillones donde tres peluqueros enarbolaban peines y tijeras. Había un estrépito de feria en el salón; clientes y peluqueros hablaban todos a la vez.

Cuando Willy y Samuel entraron, el estrépito cesó instantáneamente. Era como si una ráfaga de metralla hubiese atravesado la puerta.

—Sam… Willy…

En el silencio algunos de los hombres sentados se pusieron de pie.

—Samuel —dijo Willy con la boca torcida—, siento como si la Muerte Roja anduviera por aquí. —Añadió en voz alta:— ¡Qué tal! Aquí vengo a terminar mi conferencia sobre las Maravillas de la Fauna y la Flora del Gran Desierto Norteamericano, y…

—¡No!

Antonelli, el peluquero principal, se precipitó frenético hacia Willy, lo tomó del brazo, y le aplicó la mano sobre la boca como un despabilador sobre una vela.

—Willy —susurró, mirando con aprensión y sobre el hombro a los clientes—. Prométeme una cosa: que te compras un hilo y una aguja y te coses los labios. ¡Silencio, hombre, si en algo aprecias tu vida!

Willy y Samuel sintieron que los llevaban adelante a los empujones. Dos parroquianos ya listos saltaron de los sillones de peluquero sin que nadie les dijera nada. Mientras montaban en los sillones, los dos mineros se miraron de reojo las caras en el espejo, sucio de moscas.

—¡Samuel, ahí tienes! ¡Mira! ¡Compara!

—Bueno —dijo Samuel pestañeando—, somos los únicos hombres en todo Rock Junction que necesitamos de veras una afeitada y un corte de pelo.

—¡Extranjeros! —Antonelli los tendió en los sillones como para anestesiarlos rápidamente.— ¡No saben hasta qué punto son extranjeros!

—Pero si hemos estado fuera sólo un par de meses… —Una toalla humeante cubrió la cara de Willy que desapareció entre gritos ahogados. En la humeante oscuridad escuchaba la voz baja y apremiante de Antonelli.

—Los arreglaremos para que queden como todos los demás. No es que tengan un aspecto peligroso, no, pero la forma en que hablan ustedes, los mineros, podría trastornar a todo el mundo en un momento como este.

—Qué momentos como este ni qué diablos. —Willy levantó la toalla hirviente. Un ojo lagrimeante se clavó en Antonelli.— ¿Qué pasa en Rock Junction?

—No sólo en Rock Junction. —Antonelli contemplaba algún sueño increíble más allá del horizonte.— Phoenix, Tucson, Denver. ¡Todas las ciudades de Norteamérica! Mi mujer y yo nos vamos como turistas a Chicago la semana próxima. Imagínate a Chicago toda pintada, limpia y nueva. ¡La Perla del Oriente la llaman! ¡Pittsburgh, Cincinnati, Buffalo! Todo porque… Bueno, ahora levántate, vé hasta allí y enciende el televisor.

Willy tendió a Antonelli la toalla humeante, se acercó a la pared, encendió el televisor, lo escuchó zumbar, movió las perillas y esperó. En la pantalla cayó una nieve blanca.

—Ahora prueba la radio —dijo Antonelli.

Willy se sintió observado por todos mientras pasaba en el dial de la radio de una estación a otra. —Demonios —dijo al fin—, no funcionan, ni el televisor ni la radio.

—No —dijo Antonelli simplemente.

Willy se tendió de nuevo en el sillón y cerró los ojos. Antonelli se inclinó hacia adelante, respirando pesadamente.

—Escucha —dijo—. Imagínate un sábado por la mañana, tarde, hace cuatro semanas; las mujeres y los niños con los ojos clavados en los payasos y magos de la TV. En los institutos de belleza, las mujeres con los ojos clavados en la moda de la TV. En las peluquerías y ferreterías, los hombres con los ojos clavados en un partido de béisbol o una partida de pesca. Todos, en todo el mundo civilizado, clavando los ojos. Ni un sonido, ni un movimiento, salvo en las pequeñas pantallas blancas y negras. Y entonces, en medio de todas esas miradas fijas… —Antonelli se detuvo para levantar una punta del paño ardiente.— Las manchas del sol —dijo.

Willy se puso rígido.

—Las manchas del sol más grandes de la historia de los mortales —continuó Antonelli—. Todo el mundo inundado por la electricidad. Las manchas limpiaron las pantallas de TV, las dejaron sin nada, y desde entonces, nada y nada.

La voz de Antonelli era remota como la de un hombre que describe un paisaje ártico. Cubrió de espuma la cara de Willy sin mirar lo que hacía. Willy espió en el otro extremo del cuarto la nieve blanda que caía en la pantalla y zumbaba en un eterno invierno. Casi alcanzaba a oír un golpeteo de patas de conejo en todos los corazones de la peluquería.

Antonelli continuó su oración fúnebre.

—Nos llevó todo aquel primer día comprender lo que había ocurrido. Dos horas después de aquella primera tormenta provocada por las manchas solares, todos los técnicos de televisión de los Estados Unidos estaban en la calle. Cada uno pensaba que era sólo su propio aparato. Como las radios también estaban estropeadas, sólo esa noche, cuando los vendedores de diarios vocearon los titulares por las calles, como en los viejos tiempos, nos enteramos al fin. Las manchas solares quizá siguieran… ¡por el resto de nuestras vidas!

Los parroquianos murmuraron.

La mano de Antonelli que sostenía la navaja tembló. Tuvo que esperar.

—Todo ese vacío, toda esa cosa hueca que caía y caía en el interior de nuestros televisores; oh, sé por qué te lo digo, les ponía a todos los nervios de punta. Era como un buen amigo que te habla en la habitación principal de la casa y de pronto calla y se queda allí, pálido, y tú sabes que está muerto y tú también empiezas a enfriarte. Esa primera noche todos corrieron a las salas de cine de la ciudad. Las películas no eran gran cosa, pero fue como un Gran Baile de Fantasía hasta medianoche. Los bares sirvieron doscientas sodas con vainilla, trescientas con chocolate, aquella primera noche de la Calamidad. Pero uno no puede pasarse todas las noches en el cine y el bar. ¿Entonces qué? ¿Telefonear a los parientes para una partida de canasta o de ludo?

—Es como para perder la cabeza —observó Willy.

—Claro, pero la gente tenía que salir de las casas embrujadas. Andar por los pasillos de tu casa era como pasar silbando junto a un cementerio. Todo ese silencio …

Willy se incorporó un poco. —Hablando de silencio …

—La tercera noche —dijo Antonelli rápidamente—, todavía estábamos conmocionados. Nos salvó de la locura total una mujer. En alguna parte de esta ciudad esa mujer salió de su casa y volvió un minuto después. En una mano tenía un pincel. Y en la otra …

—Un balde de pintura —dijo Willy.

Al ver lo bien que había entendido, todo el mundo sonrió.

—Si los psicólogos acuñaran medallas de oro, tendrían que darle una a aquella mujer y a todas las mujeres de todos los pueblos y ciudades, pues ellas salvaron al mundo. Esas mujeres que iban de un lado a otro en las tinieblas y nos trajeron la cura milagrosa.

Sí, pensó Willy. Allí estaban los padres de mirada torva y los hijos malhumorados hundidos junto a los televisores muertos, esperando a que los condenados aparatos empezaran a gritar Pelota Afuera o Gol hasta que al fin dejaron el velatorio y allí en la penumbra vieron a las formidables mujeres, resueltas y dignas, que esperaban con los pinceles y la pintura. Y una luz gloriosa les encendió las mejillas y los ojos…

—¡Dios mío, se extendió como un incendio! —dijo Antonelli—. De casa en casa, de ciudad en ciudad. La locura de los rompecabezas en 1932, la locura del yoyó en 1928 no fueron nada comparados con la Locura de Todo el Mundo Haciendo Algo que corrió por esta ciudad para hacerla añicos y pegar los pedazos de nuevo. En todas partes los hombres cubrieron de pintura todo lo que se quedaba quieto diez segundos; en todas partes los hombres trepaban a los campanarios, cabalgaban las cercas, se cayeron de centenares de escaleras y tejados. Las mujeres pintaban aparadores, armarios; los chicos pintaron juguetes de lata, carritos, cometas. De no haber estado ocupados, se podía haber construido una muralla alrededor de esta ciudad, rebautizándola “Arroyuelos Parlanchines”. En todas las ciudades, en todas partes lo mismo; allí donde la gente se había olvidado de sacudir las mandíbulas, conversaban. ¡Como te digo, los hombres anduvieron dando vueltas sin sentido, alelados, hasta que las mujeres les pusieron un pincel en la mano y les señalaron la pared más próxima falta de pintura!

—Parecería que han terminado el trabajo —dijo Willy.

—Las pinturerías se quedaron sin pintura tres veces la primera semana. —Antonelli contempló la ciudad con orgullo.— La pintura no podría durar más, claro, a menos que empezaran a pintar los ligustros y briznas de hierba, una por una. Ahora que los desvanes y los sótanos están limpios, el fuego se nos va apagando, las mujeres enlatan de nuevo frutas, hacen conserva de tomates, dulce de grosella y de ciruela. Los estantes de los sótanos están todos repletos. Grandes actividades por parte de la iglesia también. Partidas de bowling, béisbol nocturno, reuniones sociales, cerveza.

Las casas de música vendieron quinientos ukeleles, doscientas doce guitarras eléctricas, cuatrocientas sesenta ocarinas y chicharras en cuatro semanas. Yo estoy estudiando el trombón. Mac, la flauta. Conciertos de la banda los jueves y domingos por la noche. ¿Maquinitas para hacer helados? Bert Tyson vendió doscientas sólo la última semana. ¡Veintiocho días, Willy, Veintiocho Días que Conmovieron al Mundo!
Willy Bersinger y Samuel Fitts estaban allí sentados, tratando de imaginarse y de sentir la conmoción, el mazazo.

—Veintiocho días, la barbería estaba atestada de hombres que se afeitaban dos veces por día para poder sentarse y mirar a los clientes como si pudieran decir algo —continuó Antonelli, afeitando a Willy ahora—. En un tiempo, recuerdo, antes de la TV, se suponía que los barberos eran grandes conversadores. Pero este mes nos llevó toda una semana entrar en calor, quitarnos la herrumbre. Ahora hablamos hasta por los codos. La calidad no, pero la cantidad es feroz. Al entrar habrás oído la conmoción. Oh, se calmará cuando nos hayamos acostumbrado al gran Olvido.

—¿Así lo llaman?

—Así nos parece a la mayoría de nosotros, por un tiempo.

Willy Bersinger se rió en silencio y meneó la cabeza. —Ahora sé por qué no me dejaste empezar la conferencia cuando crucé esa puerta.

Claro, pensaba Willy, ¿cómo no lo vi en seguida? Hace cuatro semanas escasas la soledad cayó sobre esta ciudad, la sacudió, la asustó. A causa de las manchas solares, todas las ciudades del mundo han tenido silencio como para diez años. Y llego yo con otra dosis de silencio, una charla fácil sobre desiertos y noches sin luna y sólo estrellas y apenas el rumor de la arena que vuela por el fondo del río seco. Lo que habría ocurrido si Antonelli no me hubiese hecho callar. Ya me veo fuera del pueblo, untado de alquitrán y cubierto de plumas.

—Antonelli —dijo en voz alta—: Gracias.

—De nada. —Antonelli tomó el peine y las tijeras.— ¿Corto a los lados y largo atrás?

—Largo a los lados —dijo Willy Bersinger, cerrando otra vez los ojos— y corto atrás.

Una hora después Willy y Samuel se subían al carricoche que alguien, nunca supieron quién, había lavado y lustrado mientras estaban ellos en la peluquería.

—Castigo. —Samuel le tendió una bolsita de polvos de oro.— Con C mayúscula.

—Guárdala. —Willy se sentó, pensativo, al volante.— Con ese dinero larguémonos a Phoenix, a Tucson, a Kansas City, ¿por qué no? Aquí somos ahora un artículo de más. No volveremos de nuevo hasta que en los aparatos aparezcan otra vez las rayitas, y empiecen a bailar y cantar. Como que hay Dios que si nos quedamos abriremos la trampa y se nos meterán adentro los lagartos, los pichones de halcón y la soledad, y tendremos problemas.

Willy miró adelante el camino.

—La Perla del Oriente, así dijo. ¿Te imaginas esa ciudad vieja y mugrienta, Chicago, toda recién pintada y nueva como un bebé a la luz de la mañana? ¡Vamos a ver Chicago, por el amor de Dios!

Puso en marcha el motor, lo dejó ronronear y miró la ciudad.

—El hombre sobrevive —murmuró—. El hombre soporta. Lástima que nos perdimos el cambio. Tiene que haber sido algo tremendo, un momento de ensayos y pruebas. Samuel, yo no me acuerdo, ¿y tú? ¿Qué es lo que vimos en la TV?

—Vimos a una mujer que luchaba con un oso, una noche.

—¿Quién ganó?

—Que el diablo me lleve si lo sé. La mujer…

Pero en ese momento el carricoche se movió y se llevó consigo a Willy Bersinger y a Samuel Fitts, con el pelo cortado, aceitado y limpio en los cráneos perfumados, las mejillas recién afeitadas y rosadas, las uñas resplandeciendo al sol. Bogaron bajo árboles verdes y podados, regados hacía poco, por senderos florecidos, dejando atrás las casas pintadas de amarillo, lila, violeta, rosa y verde menta, en el camino sin polvo.

—¡Perla del Oriente, allá vamos!

Un perro perfumado y peinado con ondulación permanente salió a la calle, mordisqueó los neumáticos y ladró hasta que los dos hombres se perdieron de vista.

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